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Es preciso acostumbrarse a orar en todo tiempo y todo lugar. El lugar de la oración es el alma y Dios que mora en ella. Cuando oréis seguir el consejo de Jesús: entrar en la cámara íntima y retirada de vuestra alma, encerraos en ella y hablar con vuestro Padre cuya mirada amante busca la vuestra. Ese es el verdadero templo, el santuario reservado. Uno lo lleva consigo y en todo momento puede estarse en él o regresar después de una breve salida.
Dom A. Guillerand, cartujo
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